Durante varios días seguidos, el granjero escuchaba un suave maullido que provenía del gallinero. El hombre revisó varias veces a fondo el lugar, pero no encontró ni gatos ni gatitos. En cuanto entraba en el gallinero, el sonido desaparecía, como si los pequeños dejaran de llorar por miedo a la presencia humana.

Finalmente, Goran logró encontrar la fuente del sonido. Los gatitos se escondían en un lugar muy inusual: bajo las alas de una gallina blanca.
El hombre estaba convencido de que la gallina estaba incubando huevos, pero cuando decidió comprobarlo, resultó que la gallina estaba calentando a tres gatitos.

Lo más probable es que los gatitos se encontraran junto a la gallina por casualidad; quizás los pequeños se habían colado en el gallinero para calentarse o simplemente para satisfacer su curiosidad.
La gallina sintió compasión por los pequeños y decidió calentarlos. No puede alimentarlos ella misma, así que esa tarea la asumió el granjero, pero ella continúa manteniendo a los gatitos calentitos.

El granjero trasladó a esta inusual familia del gallinero a un lugar separado, para que las demás aves no molestaran a los gatitos ni a su nueva mamá. Nadie sabe qué pasó con la madre biológica de los pequeños.