— ¡Yo no soy la sirvienta de tu hijo ni su saco de boxeo! Si no eres capaz de explicarle a tu cabezota de dieciséis años que no puede faltarme al respeto, entonces no volveré a cocinar para él ni a recoger lo que deja tirado. ¡Que viva en una pocilga y se alimente solo, ya que se cree tan mayor!

— ¡Yo no soy la sirvienta de tu hijo ni su saco de boxeo! Si no eres capaz de explicarle a tu cabezota de dieciséis años que no puede faltarme al respeto, entonces no volveré a cocinar para él ni a recoger lo que deja tirado. ¡Que viva en una pocilga y se alimente solo, ya que se cree tan mayor!

Las palabras cayeron en el silencio del salón como piedras pesadas. Svetlana estaba de pie, aferrada con los dedos al respaldo del sillón, mirando a su marido. Andréi, imperturbable, estaba sentado en el sofá; su atención estaba por completo absorbida por las figuras de futbolistas que parpadeaban en la pantalla. Ni siquiera se giró: solo hizo un gesto con la mano libre, como espantando a un insecto molesto.

—Svet, ¿no empieces, eh? Los nuestros están contraatacando.

El comentarista en la televisión se deshacía en entusiasmo; las gradas rugían. Ese rugido, ese fervor artificial y ajeno, le pareció a Svetlana la última ofensa. Cruzó la habitación; sus pasos sonaban huecos y decididos. No se puso a gritar ni a arrancar el cable del enchufe. Simplemente tomó el mando de la mesita y pulsó el botón rojo. La enorme pantalla se apagó. El rugido del estadio se cortó a medias, dejando tras de sí solo el sonido espeso y pegajoso del frigorífico funcionando en la cocina.

Solo entonces Andréi giró la cabeza despacio. En su rostro no había sorpresa ni preocupación. Solo la irritación torpe y perezosa de alguien al que han apartado de algo importante.

—¿Qué estás haciendo? ¡Estaba el mejor momento!

—¿El mejor momento? —Svetlana dejó el mando sobre su rodilla—. El mejor momento lo tenemos ahora, Andréi. Aquí. Tu hijo, Konstantín, hace quince minutos, cuando le pedí que retirara sus platos sucios de la mesa donde iba a preparar la cena para todos, me llamó “oveja estúpida”. Y luego se fue a su cuarto y puso la música a todo volumen. Quiero saber cuál va a ser tu reacción.

Lo miró fijamente, esperando cualquier cosa: indignación, una promesa de hablar con él, aunque fuera una muestra formal de apoyo. Pero Andréi solo suspiró con pesadez, se frotó el puente de la nariz y se recostó en el respaldo del sofá.

—Dios, Svet, ya te lo pedí… Se le escapó al chico, sin pensar. Están en esa edad, la adolescencia. Las hormonas. ¿Y para qué te metes con él por esos platos? Ves un plato, lo llevas al fregadero y ya. ¿Se te va a caer la corona de la cabeza o qué?

Justo en ese segundo, algo dentro de Svetlana —algo que durante dos años se había encogido, cedido y doblado— se endureció por completo, convirtiéndose en un fragmento frío y afilado. Entendió que no se trataba de Kostia. Se trataba de ese hombre tranquilo y cansado en el sofá, que una y otra vez elegía su comodidad por encima de su dignidad. Para él, la grosería del hijo era una molestia menor que resultaba más fácil ignorar, y su reacción, un estorbo irritante para su descanso.

—No, Andréi. La corona no se va a caer. Lo que se ha caído es mi deseo de ser cómoda para vosotros dos —su voz se volvió uniforme, metálica—. Llevo dos años viviendo en esta casa intentando formar parte de vuestra familia. He fregado la suciedad de tu “niño”, he encontrado sus calcetines acartonados debajo del sofá, he callado cuando traía amigos y lo dejaban todo hecho un estercolero. He aguantado sus miradas torcidas y sus comentarios venenosos. Y todo este tiempo he esperado que tú, su padre, aunque fuera una sola vez, te pusieras de mi lado. Pero tú siempre decías lo mismo: “Es un niño, aguanta”.

Se apartó del sofá y se plantó en medio de la habitación, como trazando una línea invisible.

—Pues bien: se acabó mi paciencia. Ya no aguanto nada. Desde este mismo minuto declaro un boicot total a tu hijo. No cocino para él. No le lavo la ropa. No limpio su habitación. Si deja su plato en la mesa, ahí se quedará hasta que le salga moho. Para mí deja de existir en lo doméstico. ¿Es un chico ya mayorcito que cree que tiene derecho a insultarme? Perfecto. Que se comporte como un adulto y se lo haga todo él.

Andréi se incorporó; el rostro empezó a encendersele. El aturdimiento dio paso a la ira. Por fin comprendió que aquello no era otra rabieta femenina.

—¿Estás loca? ¿Qué clase de ultimátums son estos?

—No es un ultimátum. Son nuevas reglas —respondió Svetlana con calma, mirándolo a los ojos—. Tú eres su padre; tú lo educas. Si quieres, cocínale tú; si quieres, contrata a una empleada. Pero yo ya no participo en esto. Y sí: si estas reglas no te convienen, puedes irte a atender a tu hijo a otro sitio. La puerta está abierta.

A la mañana siguiente no la despertó el olor a café, sino un silencio ensordecedor y tenso. Svetlana se levantó con el despertador, como siempre. Fue al baño en silencio y luego a la cocina. No miró hacia el cuarto de Kostia, de donde ya salían los sonidos de un videojuego de disparos, y no esperó a que se despertara Andréi. Sacó del frigorífico dos huevos, un trozo de queso y un tomate. Encendió el fuego, puso su sartén pequeña, personal, y se hizo una tortilla. Para ella. Preparó una sola taza de café en la cezve. Para ella. Se sentó a la mesa, comió tranquila mirando por la ventana. Lavó su plato, su taza y la sartén, los secó bien y los guardó.

En ese momento entró en la cocina Andréi, rascándose la nuca y bostezando. Le echó una mirada rápida, esperando ver señales de reflexión nocturna, quizá incluso arrepentimiento. Pero el rostro de Svetlana estaba absolutamente sereno, casi distante. Se acercó a la cafetera vacía, pulsó el botón y miró a su mujer con gesto interrogante.

—¿Y no hay café?

—Me hice para mí en la cezve —respondió ella con el mismo tono, guardando un paño limpio—. La cafetera está a tu disposición.

Andréi frunció el ceño. Lo interpretó como la continuación de la estúpida pelea de ayer, que, según él, debía haberse disipado durante la noche. En silencio, sacó un bote de café instantáneo, lo cubrió con agua hirviendo de la tetera y se sentó frente a ella.

—¿Y cuánto va a durar este numerito?

—No es un numerito. Es mi nueva vida —respondió Svetlana, sin apartar la mirada de sus manos—. Ayer lo oíste todo.

La puerta de la cocina se abrió de golpe y apareció Kostia en el umbral. Con los auriculares colgados del cuello, de los que retumbaba música; con una camiseta arrugada y pantalones cortos. Fue directo al frigorífico, lo abrió y se quedó unos segundos mirando las baldas con cara de tonto.

—Papá, ¿y qué, no hay nada para comer? —preguntó en voz alta, ignorando a Svetlana de manera ostentosa—. Llego tarde a la escuela.

Andréi miró a su esposa, indefenso. Ella solo alzó ligeramente una ceja y siguió examinándose la manicura. El silencio se alargó.

—Hazte unos bocadillos —acabó mascullando Andréi—. De embutido, de queso. Ya no eres un crío.

Kostia cerró la puerta del frigorífico de un portazo.

—Yo no como bocadillos. Yo necesito gachas o huevos. Como siempre.

Miró a Svetlana con desafío. Era una provocación directa, una prueba de la solidez de lo que ella había declarado el día anterior. Svetlana sostuvo su mirada sin pestañear y luego se levantó despacio de la mesa.

—Tengo que irme a trabajar —dijo, dirigiéndose únicamente a Andréi—. Que tengáis buen día.

Se fue, dejándolos a los dos en la cocina, en medio de la vajilla sin recoger y del problema sin resolver. Por la tarde, al volver a casa, Svetlana descubrió que la situación solo había empeorado. En el fregadero se amontonaba una montaña de platos sucios. La taza de la mañana de Andréi, el plato de Kostia después de los bocadillos —que, al parecer, sí se hizo, untando mantequilla por la encimera y dejando migas—. Al lado, yacía un envoltorio de pelmeni: era evidente que ese había sido su almuerzo o su cena.

Svetlana rodeó en silencio aquella isla de caos. Se preparó una ensalada ligera, comió, recogió lo suyo y se fue al dormitorio con un libro. Oyó cómo Kostia volvía del entrenamiento, cómo otra vez hurgaba en el frigorífico, cómo preguntaba a su padre qué había de cenar. Oyó a Andréi responderle, irritado, que pediría una pizza.

Una hora después, el olor a pepperoni se extendió por el piso. Comían en el salón, delante del televisor, como dos solteros compañeros de piso. Las cajas vacías de pizza se quedaron tiradas sobre la mesita. Nadie pensaba recogerlas. La guerra entró en una fase larga, de trincheras. Svetlana creó a su alrededor un enclave de limpieza y orden, y el resto del territorio del apartamento, poco a poco pero sin pausa, se convertía en una extensión del cuarto de Kostia. Y con cada hora quedaba más claro que Andréi no pensaba resolver nada. Simplemente esperaba a que ella se rompiera primero.

La paciencia de Andréi duró exactamente tres días. El punto de quiebre fue el sábado. Se despertó por su propio hambre y por un deseo agudo de tomarse un café de verdad, recién hecho. La cocina lo recibió con el olor a pizza de ayer y con la montaña de platos del fregadero, que ya empezaba a desprender un aroma agrio. La última taza limpia la había usado él la noche anterior. En la encimera se habían secado charquitos de cola derramada. En el cubo de basura, que nadie había sacado, asomaban mondas y envoltorios vacíos. Ya no era simple dejadez. Era un territorio que el caos doméstico iba conquistando lenta pero inexorablemente…

Andréi se asomó al cesto de la ropa sucia. Una montaña de prendas ya usadas —en su mayoría de él y de Kostia— casi llegaba hasta el borde. Su camiseta gris favorita, la que usaba en casa, estaba en algún lugar al fondo de aquel montón. Andréi cerró de un portazo la puerta del baño y se dirigió al dormitorio.

Svetlana estaba sentada en el sillón junto a la ventana, con una tableta en las manos, vestida con un conjunto de casa pulcro. A su alrededor había una islita de orden. Su mitad de la cama estaba perfectamente hecha; en la mesilla no había ni una mota de polvo. El aire allí parecía más limpio. Ella no levantó la cabeza cuando él entró, pero él sabía que notaba su presencia.

—Svet, tenemos que hablar —empezó él con el tono de quien está cansado de juegos infantiles y dispuesto a mostrarse magnánimo.

Ella bajó la tableta lentamente y lo miró. En su mirada no había rabia ni rencor. Solo una espera fría y serena.

—Te escucho.

—Esto no puede seguir así —dijo, abarcando con la mano un espacio invisible, refiriéndose a todo el apartamento—. Has convertido nuestra casa en una pocilga. Has declarado una huelga, y por eso sufrimos todos. Sobre todo yo.

Esperaba que ella discutiera, que se justificara. Pero Svetlana guardó silencio, y eso lo sacó de quicio más que cualquier grito.

—¿Me has entendido? Llego del trabajo a una casa sucia, donde no hay nada que comer. Mi hijo está comiendo porquerías. ¡Y todo por tu orgullo! ¡Por una palabra que soltó sin pensar! Te comportas como una niña caprichosa.

—Me comporto como alguien que dejó de ser personal de servicio gratuito —respondió ella con la misma calma—. La casa se convirtió en una pocilga no por mí, sino porque dos hombres adultos no son capaces de llevar su plato al fregadero y pulsar un botón de la lavadora. Esto no es mi huelga, Andréi. Es vuestra vida real sin mi participación.

Su rostro se deformó. No estaba preparado para esa respuesta. Quería que ella se arrepintiera, que admitiera su culpa, y entonces él, con toda su “generosidad”, la perdonaría y le ordenaría que fuera a preparar el desayuno.

—O sea que no piensas parar, ¿no? ¿Vas a seguir poniendo a prueba mi paciencia?

—No pongo a prueba tu paciencia. Vivo mi vida. Cocino para mí, limpio lo mío. Os propongo que hagáis lo mismo. O puedes, por fin, cumplir tu obligación de padre y explicarle a tu hijo que en esta casa existen reglas de respeto.

Eso fue la gota que colmó el vaso. Andréi estalló.

—¿Respeto? ¡Exiges respeto a un chaval de dieciséis años y tú misma te comportas como una egoísta! ¡Es mi hijo! ¡Mi sangre! ¡No voy a presionarlo por tus caprichos! Vive en su casa. ¡Quizá seas tú la que debería mostrar un poco de sensatez y flexibilidad, en vez de ponerte en plan orgullosa! Creía que me querías, que éramos una familia. ¡Y tú lo único que haces es dividir territorio y montar broncas con un adolescente!

Respiraba con dificultad, plantado en medio del cuarto. En ese momento no era ni un marido cariñoso ni un padre justo. Era el aliado de su hijo contra ella. Había elegido y lo había dicho con una claridad brutal.

—Entendido —dijo Svetlana en voz baja, y volvió a tomar la tableta—. Se acabó la conversación.

Su serenidad daba más miedo que cualquier escándalo. Él comprendió que había perdido ese asalto. No había conseguido lo que quería; solo había reforzado a Svetlana en su convicción. Dándose la vuelta, salió de la habitación y cerró de un portazo la puerta del dormitorio. Por primera vez en aquellos días. La guerra fría acababa de convertirse en guerra abierta.

Tras el escándalo matutino, el apartamento se hundió en un silencio espeso e inestable, como el que hay en una casa con un muerto. Andréi no fue a disculparse. Interpretó la calma de Svetlana como una ofensa personal, como una demostración de superioridad. Pasó el día entero en el salón, encendiendo la televisión deliberadamente a todo volumen y hablando por teléfono con amigos, llenando el aire de una falsa alegría. Kostia, al sentir que su padre estaba totalmente de su lado, se envalentonó por completo. Ya no se escondía en su cuarto: iba y venía entre la cocina y el salón, dejando tras de sí un rastro de migas, envoltorios y tazas sucias, como si marcara territorio.

Hacia la tarde del domingo, Andréi comprendió que estaba perdiendo aquella guerra de desgaste. Se le habían acabado las camisas limpias para la semana laboral, y la sola idea de lidiar él mismo con la lavadora le provocaba una irritación sorda. Decidió actuar. No era un plan de reconciliación, sino un acto de venganza. Quería demostrarle quién mandaba en casa y devolver todo a su sitio por la fuerza.

Entró en el baño, agarró el cesto de la ropa y, de forma ostentosa, volcó todo el contenido en el suelo. Ropa oscura, clara, de color: todo se mezcló en un montón desaliñado. Encima de todo, como una delicada bandera blanca, yacía la blusa de seda de Svetlana, la que había preparado para la importante reunión de mañana. Andréi lo recogió todo en brazos —sus vaqueros, los calcetines de Kostia y aquella blusa— y se dirigió a la lavadora.

Svetlana salió del dormitorio justo cuando él estaba metiendo aquel revoltijo en el tambor. Se detuvo en el marco de la puerta y su rostro se volvió impenetrable, como una máscara.

—¿Qué estás haciendo? —su voz era baja, pero no tenía ni una sombra de debilidad.

—Lavando. ¿Te lo imaginas? —no se giró, siguió con lo suyo—. Ya que tenemos a una esposa que ha decidido que ahora es una princesa y que no toca la ropa sucia, me toca hacerlo a mí.

—Saca mi blusa —no fue una pregunta ni una súplica. Fue una orden.

—No voy a sacar nada —escupió él con rabia, cerrando la escotilla—. Todo está sucio, todo va a la lavadora. Tenemos un cesto común y una máquina común. ¿O es que ya también has dividido la lavadora?

Alargó la mano hacia el cajetín del detergente, pero Svetlana dio un paso adelante y apoyó la mano en el cuerpo de la máquina.

—Vas a estropearla. A propósito.

En ese momento salió Kostia de su habitación. Vio la escena y una sonrisa satisfecha se le dibujó en la cara. Se apoyó en el marco, cruzado de brazos, dispuesto a disfrutar del espectáculo.

—Papá, pasa de su trapo —dijo con desgana—. Si se estropea, que se compre otra. No es para tanto.

Y Andréi, en lugar de poner a su hijo en su sitio, se volvió hacia él y asintió. Ese asentimiento, esa complicidad masculina y silenciosa contra ella, fue el último golpe. La mirada de Svetlana fue del rostro engreído de Kostia al rostro deformado por la rabia de su marido. Lo entendió todo. Ya no había familia. Estaban ellos: un clan masculino unido, y estaba ella: un elemento ajeno, estorbando.

Svetlana retiró la mano de la lavadora en silencio. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió del baño. Andréi sonrió con aire victorioso, echó el detergente y pulsó con fuerza el botón de “Inicio”. La máquina empezó a zumbar, arrancando su ciclo destructivo. Había ganado.

Pero un minuto después, desde el salón llegó un sonido extraño, chirriante. Andréi y Kostia se miraron y fueron a ver. La escena que encontraron los dejó clavados en el sitio. Svetlana, sin aparente esfuerzo, con una rabia fría y distante, estaba moviendo la pesada estantería-librero que siempre había estado contra la pared. La arrastraba hasta el centro de la habitación, perpendicular a la ventana y a la puerta. El chirrido de las patas sobre el parqué cortaba el oído.

—¿Se te ha ido la cabeza? ¡Vas a estropear los muebles! —gritó Andréi, sin entender qué estaba pasando.

Ella no respondió hasta colocar el mueble justo en medio, dividiendo el cuarto más grande del apartamento en dos partes feas y desproporcionadas. Una parte, con el sofá, el televisor y la entrada al cuarto de Kostia. La otra, con su sillón, la lámpara de pie y la salida hacia el dormitorio y el pasillo. Luego fue en silencio al recibidor y regresó con un rollo de cinta de carrocero. Y, ante la mirada atónita de su marido y su hijastro, pegó en el suelo desde el mueble hasta la puerta de entrada una línea recta, nítida.

Cuando terminó, se enderezó y los miró. Su rostro estaba absolutamente sereno.

—¿Queríais vivir los dos en vuestro mundo? Vivid. Esa es vuestra mitad. Y esta es la mía. No crucéis la línea…

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