— A tu parentela la trajiste a la capital, pues mantenla tú; yo no voy a dar ni un céntimo más, — declaró la esposa.

Alina comprendió por primera vez que el piso se había vuelto ajeno cuando no pudo encontrar su taza favorita. Esa misma, azul, con una grieta, que su madre le había regalado antes incluso de entrar en la universidad. La taza había estado en su sitio veinte años, había sobrevivido a reformas, a mudanzas de sus padres, a su muerte… y ahora había desaparecido. Alina abría armarios uno tras otro, movía platos desconocidos, apartaba cacerolas que no sabía ni de dónde habían salido, y con cada movimiento le crecía por dentro algo caliente y desagradable.
—Lin, ¿qué estás haciendo ahí con tanto ruido? —asomó Serguéi desde el dormitorio, somnoliento, con una camiseta vieja—. Si aún no son ni las ocho.
—Alguien ha cogido mi taza.
—¿Qué taza?
—La azul. La de mi madre.
Serguéi se rascó la nuca, bostezó:
—Pues mira en el lavavajillas, igual está ahí.
—Ya he mirado. No está.
—Entonces no sé. —Se encogió de hombros y desapareció de nuevo.
Alina se quedó en medio de la cocina mirando la mesa abarrotada de platos. Los de ayer, tazas ajenas con bolsitas de té dentro, migas por toda la encimera. Se pasó la mano por la frente, armándose de fuerzas, y empezó a recoger. Mientras lavaba los platos, se oyeron pasos en el pasillo y apareció Tania, la sobrina de Serguéi, que había llegado a Moscú para ingresar en la universidad.
—¡Buenos días, tía Alina! —canturreó alegre la chica—. ¿Y qué hay para desayunar?
«¿“Hay”?», se dijo Alina para sí, y en silencio sacó una sartén.
Hace medio año, cuando se casó con Serguéi, le parecía que por fin dejaría de estar sola en aquella enorme “stalinka”. Tras la muerte de sus padres, el piso se había vuelto demasiado silencioso, demasiado vacío. Las habitaciones guardaban el eco de otra vida, y Alina se ahogaba en esa quietud. Serguéi apareció de manera inesperada: un ingeniero amable y tranquilo del instituto de proyectos donde ella trabajaba como contable. Le hacía cumplidos, le traía café, la escuchaba cuando hablaba de sus padres. No se parecía a los pretendientes de la capital, siempre con prisas, siempre evaluándolo todo. Era sencillo. De fiar.
—¿Y tus familiares vendrán a la boda? —le preguntó ella entonces, un mes antes de firmar.
—No —negó Serguéi con la cabeza—. Están lejos. Y además no lo entenderían, ya sabes. Tú y yo, lo nuestro, sencillo.
Alina se alegró. No necesitaba una boda grande y ruidosa. Firmaron en el registro, lo celebraron los dos en un restaurante, y Serguéi se mudó con ella. Llegó con una sola maleta y una bolsa de libros. Modesto. Sin pretensiones. Perfecto.
El primer mes fue maravilloso. Serguéi preparaba desayunos, por las noches veían películas, paseaban por Moscú. Alina le mostraba sus rincones favoritos; él admiraba la arquitectura, hacía fotos, la abrazaba delante de mansiones antiguas. Ella se sentía feliz.
Luego llegó su madre, Valentina Petróvna.
—¡Ay, Sergueñka, hijo mío! —se colgó de su cuello en el recibidor, apartando a Alina hacia el perchero—. ¡Cómo te he echado de menos, mi vida!
Alina sonreía, ayudaba a quitarse el abrigo, preparaba té. Valentina Petróvna inspeccionaba el piso con un asombro nada disimulado, tocaba los muebles, se asomaba a las habitaciones.
—¡Pero bueno! —exclamaba—. ¡Vaya amplitud! ¡Y qué techos! Sergueñka, eres un héroe: ¡qué novia has encontrado!

Algo en esas palabras pinchó a Alina, pero se calló. La visita se quedó una semana, y cada día Alina cocinaba, limpiaba, lavaba. Valentina Petróvna no ofrecía ayuda, pero hablaba mucho de lo maravilloso que había sido Serguéi de niño, de cómo todas las vecinas lo admiraban, de cómo él, siendo ella viuda, la ayudaba.
—Solo dos días, Alinochka, no te enfades —decía la suegra cuando, al cabo de una semana, Alina insinuó con delicadeza que quizá ya tocaba volver—. Es que tengo que recoger en la estación a mi sobrina-nieta Dasha, que ha venido a Moscú; hay que comprarle cosas para entrar a la uni. Daremos una vuelta por las tiendas y nos iremos.
«Dos días» se convirtieron en cuatro. Dasha resultó ser una ruidosa adolescente de diecisiete años, con el móvil siempre descargado y la costumbre de ocupar el baño dos horas. Cuando por fin se fueron, Alina descubrió que su champú nuevo estaba casi acabado y que su toalla de baño había desaparecido.
—Serguéi, ¿no has visto la toalla grande blanca?
—¿Cuál? —él estaba tumbado en el sofá, deslizando el dedo por el móvil.
—La que colgaba en el baño. De rizo.
—Ah… igual mamá la metió sin querer en la bolsa. Se confundió. No pasa nada.
Alina quiso decir que sí pasaba, que era su toalla, la que había elegido con su madre en Zara Home, la última compra juntas antes de la enfermedad. Pero Serguéi ya había vuelto a clavar la vista en la pantalla y ella decidió no estropear la noche.
La siguiente en llegar fue la hermana de Serguéi, Liuda, con su hijo Misha de ocho años.
—Solo vengo tres días, Alinochka —trinaba ella, instalándose en el salón—. Tengo una consulta con un cirujano; en nuestra ciudad no hay especialistas así. Y no tengo con quién dejar a Misha: su padre, ya sabes, no vale para nada. Serguéi, ¿a ti no te importa?
A Serguéi, claro, no le importaba. Y Alina tampoco podía oponerse: ¿quién le negaría algo a una enferma? Pero en tres días Misha rompió un jarrón que llevaba en la cómoda desde tiempos de la abuela, pintarrajeó con rotuladores el papel de la entrada y provocó un inundación en el baño. Liuda solo se llevaba las manos a la cabeza, repetía «ay, los niños», pero no se disculpaba y, por supuesto, no ofrecía compensar nada.
Cuando se fueron, Alina contó el dinero del escondite que guardaba en una cajita. Faltaban dos mil. Se lo preguntó a Serguéi.
—Pues lo cogí yo —se encogió de hombros—. Se lo di a Liuda para el viaje; va sola con el niño. Me daba apuro decir que no.
—Serguéi, pero ese es mi dinero. Podrías haberme preguntado al menos.
—Venga ya, no seas tacaña. Es familia.
«Tu familia», pensó Alina, pero no lo dijo.
Un mes después apareció en su piso el tío Grisha, el hermano menor del padre de Serguéi. Necesitaba ayuda para encontrar trabajo y Serguéi prometió que «dormiría un par de noches hasta que se aclarara». Grisha resultó ser un hombre corpulento de unos cincuenta años, que roncaba por las noches, fumaba en el balcón pese a las prohibiciones y veía el fútbol a todo volumen comentando lo que pasaba en la pantalla. Se quedó dos semanas. Alina trabajaba desde casa, y cada día, a la hora de comer, el tío Grisha aparecía en la cocina y preguntaba «¿qué hay de comer?», esperando tan tranquilo a que ella lo preparara.
—Serguéi, ¿cuándo se va a ir tu tío? —preguntó una noche, cuando por fin estuvieron a solas.
—Pronto, Lin. Está buscando trabajo, ¿entiendes? No puedes echar a una persona a la calle.
—¡Pero si ya va casi un mes!
—¿Y qué? El piso es grande, no estás apretada.
—¡Sí estoy apretada, Serguéi! ¡Me falta el aire! No puedo trabajar нормально, él hace ruido todo el tiempo, ¡me desaparecen cosas!
—No exageres. Y además, es mi familia. Tú querías que la casa tuviera vida.
Alina se calló. Sí, lo quería. Pero no así.
El colmo llegó cuando apareció Tania. La sobrina de Serguéi ingresaba en una universidad de Moscú y asumió de lo más naturalmente que el piso era su vivienda legítima.
—¡Bueno, ahora ya soy estudiante, voy a vivir aquí! —anunció feliz, ocupando la habitación pequeña que antes había sido el despacho de papá—. Tío Serguéi, ¿a que no te importa?
A Serguéi no le importó. Alina intentó protestar:
—Serguéi, pero esto no lo hablamos. Cinco años de carrera es algo serio. ¿Y si vive en una residencia?
—¿Residencia, Lina? ¿Has visto cómo son? Un cuchitril. No puedo dejar a mi sobrina en esas condiciones. Aguanta un poco, es tranquila, no ocupará mucho.
Tania no era tranquila. Traía amigas que se reían hasta medianoche, dejaba marcas de suciedad en el baño, se llevaba del frigorífico todo lo que quería sin preguntar, y un día Alina la sorprendió en su dormitorio, probándose sus joyas frente al espejo.
—¡Tania, ¿qué estás haciendo?!
—Ah, tía Lina, ¡perdón! —la chica ni se inmutó—. Solo estaba mirando qué pendientes tan bonitos tienes. ¿Puedo ponérmelos mañana para una cita? ¿Me los prestas?
—No, no puedes. Son cosas personales.
—Vaya, qué tacaña. —Tania infló los mofletes—. ¡Tío Serguéi, tía no me deja los pendientes!
Y Serguéi, sin enterarse de nada, soltó:
—Lina, anda, déjaselos. Si es solo una noche.
Alina simplemente se fue del dormitorio. Se encerró en el baño y lloró en silencio mirando su reflejo. No reconocía ni aquel piso, ni su vida, ni siquiera a sí misma. ¿Dónde estaba la Alina que soñaba con un hogar cálido, con una familia? Ahora se sentía como una criada dentro de sus propias paredes.
Y entonces volvió a llegar el tío Grisha. «Por unos días, problemas con el trabajo». Y Liuda con Misha: «por una semanita, eché al marido, no tengo adónde ir». Y también una tía lejana, a la que Alina había visto por primera vez en su vida, pero que se comportaba como si fuera la dueña de la casa y le hacía comentarios sobre dónde estaba mal colocado cada cosa…
El piso zumbaba como una colmena. Por la mañana, cola para el baño; por la noche, aglomeración en la cocina. Alina cocinaba para todos cada día, compraba la comida, lavaba ropa ajena. Sus champús se acababan a una velocidad increíble, sus cremas desaparecían, sus tazas favoritas se rompían. Encontraba corazones de manzana en su escritorio, calcetines de otros en su dormitorio, su maquillaje esparcido por todo el baño.
Serguéi no se daba cuenta. Llegaba del trabajo, cenaba, veía la tele y se iba a dormir. Estaba contento de tener a los suyos cerca. Se sentía el jefe de una gran familia. Y Alina se iba convirtiendo en una sombra.
La explosión ocurrió un sábado. Alina estaba delante de la nevera, iba a freír albóndigas para todos, cuando descubrió que se había acabado la carne. Había comprado tres kilos el día anterior, a propósito, para tener de sobra. Abrió la nevera: vacío. Miró en el congelador: allí solo estaban las empanadillas que había traído el tío Grisha.
—¿Quién se ha comido la carne? —preguntó, saliendo al pasillo.
Silencio.

—¡Pregunto quién ha cogido la carne de la nevera!
—¿Y qué pasa? —asomó Tania desde su cuarto—. Las chicas y yo hicimos una barbacoa ayer por la noche en el parque. Estabais durmiendo, no os quisimos despertar.
—¿Cogisteis tres kilos de carne, que yo compré para toda la semana, y la quemasteis en el parque?
—No la quemamos, la cocinamos. ¿Por qué grita?
Fue la gota que colmó el vaso. Alina entró en el dormitorio, donde Serguéi estaba tumbado con el teléfono, sacó la cartera y dejó sobre la cama el ticket del supermercado.
—Serguéi, este mes me he gastado en comida cuarenta y siete mil rublos. ¡Cuarenta y siete mil! Es casi todo mi sueldo. Y además las facturas de la luz se han duplicado y la del agua se ha triplicado, porque tu parentela vive aquí como en un hotel. Estoy agotada.
—¿Y qué propones? —ni siquiera levantó la vista de la pantalla.
—Propongo que se vayan. Todos. Hoy.
—Lina, ¿pero qué te pasa? —ahora sí la miró—. Es mi familia.
—¡Y esta es mi casa! ¡Mía! ¡Aquí nací, aquí crecí, aquí murieron mis padres, ¿lo entiendes?! Y no pienso convertirla en una vivienda compartida para tus parientes, a los que les importo un bledo.
—No grites. Te van a oír.
—¡Que oigan! —Alina no reconocía su propia voz—. ¡Que oigan que no voy a seguir siendo su sirvienta! ¡Que oigan que estoy harta de encontrar colillas en mi balcón, platos sucios en mi habitación y una nevera vacía en mi cocina!
—Cálmate —Serguéi se levantó e intentó abrazarla, pero ella se apartó.
—No me toques. Diles que hagan las maletas.
—Lina, sé razonable. No tienen adónde ir.
—Ese no es mi problema, Serguéi —su voz se volvió fría, extraña—. A tu parentela la trajiste a la capital: pues manténla tú. Yo no voy a dar ni un céntimo más.
Se dio la vuelta y salió del cuarto. En el pasillo estaban todos, amontonados: callados, culpables, pero aún sin creer que la fiesta se había terminado. Alina pasó junto a ellos, cogió su bolso y se puso la chaqueta.
—Me voy a casa de una amiga —dijo, mirando a Serguéi—. Cuando vuelva dentro de tres horas, quiero ver el piso vacío. Si no, llamaré a la policía y empezaré el procedimiento de desalojo. Un abogado ya me lo explicó todo.
No estaba faroleando. El día anterior había consultado de verdad a un abogado conocido y había averiguado cuáles eran sus derechos. El piso era de su propiedad; tenía pleno derecho a disponer de él. Y ni siquiera el matrimonio anulaba eso.
La puerta de entrada se cerró de golpe. Alina bajó las escaleras y salió a la calle. Le temblaban las piernas, el corazón le martilleaba, pero por primera vez en meses se sentía viva. Furiosa, agotada, pero viva.
Volvió cuatro horas después, a propósito, haciendo tiempo. El piso estaba vacío. Vacío del todo, de una manera tan perfecta que resultaba sospechosa. En la mesa había una nota de Serguéi: «Se han ido todos. No te enfades. Hablamos por la noche».
Alina recorrió despacio las habitaciones. En el despacho de su padre, sobre la mesa, quedaba la marca de una taza: un círculo claro en la madera oscura. En la repisa del baño había horquillas ajenas. En la cocina, una montaña de platos sin lavar. Pero gente no había. Nadie.
Abrió la ventana, dejó entrar aire fresco, y solo entonces se permitió sentarse. Se sentó en el sofá del salón y se quedó allí, sin hacer nada, escuchando el silencio.
Serguéi llegó tarde, ya de noche. Alina estaba en la cocina con un té, y él se sentó con cuidado frente a ella.
—Lina, perdóname.
Ella guardó silencio.
—De verdad no pensé que iba a acabar así —continuó—. Prometieron que serían un par de días, yo les creí. No quería que te agotaras de esa manera.
—No quisiste protegerme —dijo Alina en voz baja—. Ni una sola vez. Ni cuando Tania hurgaba en mis cosas, ni cuando tu tío se fumó tres paquetes en mi balcón, ni cuando se comieron mi comida. No les dijiste ni una vez que eso estaba mal.
—Me daba apuro. Eran invitados, familia.
—¿Y yo qué? ¿Yo quién soy?
Serguéi bajó la cabeza.
—Eres mi esposa. La persona más cercana. Perdóname, por favor. De verdad no entendía que se iban a acomodar así. Pensé que ayudaría un poco y ya. No sabía que se torcería tanto.
Alina lo miraba y veía a un hombre cansado y desorientado. No a un villano. No a un traidor. Solo a alguien débil, que quería quedar bien con todos y al final traicionó a quien tenía al lado.

—Serguéi, no sé si podremos seguir —dijo despacio—. Necesito tiempo para pensarlo. Pero que te quede claro: nadie más de tu familia va a vivir en este piso. Nunca. Si no puedes aceptarlo, vete ahora mismo.
—Lo acepto —respondió él deprisa—. Te lo juro. Nadie más. Solo nosotros.
Ella asintió y dio un sorbo al té. Estaba frío, sabía mal, pero se lo terminó. Luego se levantó, enjuagó la taza —la suya azul, la que encontró por la tarde detrás del sofá, donde la había tirado Tania— y la guardó en el armario.
—Me voy a dormir —dijo Alina—. Ya lo pensaremos mañana.
Se fue al dormitorio y echó la llave. Se acostó en la cama vacía, se tapó con su propia manta, y solo entonces se permitió que las lágrimas le rodaran por las mejillas. Lloró en silencio, mucho tiempo, lamentando no tanto un matrimonio arruinado como la fe ingenua de que se puede construir una familia a base de compromisos y cesiones.
Pero cuando las lágrimas se acabaron y ella quedó tendida en la oscuridad, escuchando la Moscú nocturna tras la ventana, dentro nació algo distinto. Pequeño, terco, firme. Dignidad. Sentido de derecho. El sentimiento de un hogar que había defendido.
Mañana se despertaría en su piso. Estuviera sola o con su marido, eso lo diría el tiempo. Pero seguro que sin extraños, sin exigencias ajenas, sin expectativas ajenas. Y mientras el silencio la abrazaba, Alina sonrió a la oscuridad.
Su casa. Sus reglas. Su vida.
Por fin.