¿Quién se va a fijar en ti, gallina? —se burlaba el marido de su esposa, sin sospechar que muy pronto ella se vengaría…

¿Quién se va a fijar en ti, gallina? —se burlaba el marido de su esposa, sin sospechar que muy pronto ella se vengaría…

Sveta estaba junto a los fogones, dándole la vuelta a unas hamburguesas de pollo, cuando Andrei entró en la cocina. Lanzó las llaves sobre la mesa con un tintineo metálico que la hizo sobresaltarse.

—¿Otra vez esta tristeza? —gruñó, mirando las hamburguesas—. Estoy reventado del trabajo y en casa ni siquiera hay algo decente para comer.

Sveta, en silencio, pasó una hamburguesa al plato. Sus manos no temblaban, aunque por dentro todo se le había encogido en un nudo tenso y doloroso. Veintitrés años de matrimonio. Veintitrés años de esas miradas, de esos comentarios, de esa sensación constante de que ella era una compra fallida, una cosa que dejó de gustar, pero que daba pena tirar.

—Mañana habrá otra cosa —dijo en voz baja, dejando el plato delante de él.

—Mañana, mañana… —Andrei arrancó un trozo de la hamburguesa y, con desgana, lo mezcló con el puré—. Siempre prometes. Como una gallina: cacareas y cacareas, pero no pones huevos de oro.

La frase quedó suspendida en el aire, afilada y habitual, como un cuchillo mellado. “Gallina”. Su apodo favorito para ella en los últimos años. Tonta, asustadiza, produciendo cacareos en vez de hechos. Se reía cuando la llamaba así delante de los amigos: “Mi gallinita, recogiendo granito a granito”. Y ellos se reían con él, mientras ella se ponía colorada y trataba de sonreír.

Andrei terminó de comer y apartó el plato.

—Bueno, me voy a ver la tele. Recoge esto.

Se fue, dejando tras de sí el olor a loción barata de después del afeitado y un silencio pesado. Sveta se puso a lavar los platos. El agua tibia le corría por las manos, y ella miraba por la ventana hacia el patio oscuro. En algún lugar, ahí fuera, estaba ella: la Sveta que un día soñó con ser ilustradora, la que reía fuerte y de forma contagiosa, la que creyó que aquel guapo seguro de sí mismo, de ojos encendidos, era su destino.

Destino. Se secó las manos despacio. En la nevera, sujeto con un imán, estaba el recibo de la luz con otra advertencia en rojo. Andrei llevaba medio año trabajando de manera irregular, y se gastaba el dinero en “proyectos prometedores” con unos amigos de dudosa reputación.

Y ella, la “gallina”, vendía en silencio cosas viejas en un mercadillo online, hacía bordados por encargo para poder pagar los servicios y la comida. Y aun así, sus esfuerzos se consideraban insignificantes.

«Gallina».

Se acercó al armario de la cocina y lo abrió. Entre los botes de cereales había un frasquito pequeño y discreto de adjika casera que, tiempo atrás, le había traído su tía desde Abjasia. Rojo intenso, abrasador. Sveta lo tomó entre las manos y sintió el frío del vidrio. Y de pronto, con absoluta nitidez, como una revelación, en su cabeza surgió un plan. No en caliente, no en un arrebato de furia. Uno frío, pulido, afilado como una hoja.

Sonrió. Por primera vez en muchos meses, su sonrisa fue sincera y no tenía nada que ver con la sumisión.

Al día siguiente, Andrei anunció que se iba por tres días a una “importante reunión con inversores” en una ciudad vecina. Sveta asintió y lo ayudó a hacer la maleta.

—Ni se te ocurra cacarear con que te dejo poco dinero —le advirtió al despedirse—. Si todo sale bien, viviremos como reyes.

La puerta se cerró de golpe. Sveta esperó hasta que el sonido del coche se perdió a lo lejos. Luego bajó al garaje: su viejo box atestado de trastos, que Andrei consideraba su feudo. Allí, bajo un montón de chatarra inútil, encontró lo que buscaba: una caja vieja con sus cosas de la universidad. Carpetas con bocetos, tinta china, pinceles. Y un cuaderno grueso de papel denso.

Llevó el cuaderno a la cocina y extendió los materiales. Los dedos que durante años solo habían hecho cosas prácticas y necesarias —lavar, cocinar, limpiar— temblaban de emoción. Abrió el cuaderno por la primera página, tomó un lápiz y trazó una línea. Torcida, tímida. Luego otra. Una hora después, en la hoja apareció el primer esbozo: un ave majestuosa y feroz, de mirada penetrante y pico afilado. No era una gallina. Era una halcona.

El trabajo la absorbió por completo. Se olvidaba de comer, no oía las llamadas del teléfono. Dibujaba aves. Azores, águilas reales, águilas. Fuertes, libres, peligrosas. A cada dibujo le añadía una frase corta y contundente, nacida sola: “El buitre no sabe que la carroña alguna vez respiró”, “El halcón no cacarea. Calla y elige el momento”, “El nido lo construyen dos. Quien lo destruye es uno”.

Al anochecer del segundo día, el cuaderno estaba lleno. Sveta lo cerró, sintiendo un cansancio extraño, largamente olvidado: el cansancio de crear, no el desgaste del hogar. Pero aquello era solo la primera etapa.

Se sentó ante el viejo portátil, creó un nuevo correo y una cuenta en una red social. Nada de fotos suyas: solo un avatar, el escaneo del ojo de un halcón. Nombre del perfil: “LenguaDeAves”. Empezó a publicar los dibujos, uno al día, acompañados de sus leyendas breves y precisas.

Al principio no hubo reacción. Luego llegaron los primeros “me gusta”, los primeros seguidores, en su mayoría mujeres. Alguien escribía: “Esto va de mi ex”, “¿Cómo lo supiste?”, “Gracias por ponerle voz a lo que pensamos”. Sveta no conversaba: solo subía los dibujos y firmaba de forma escueta. Su silencio añadía misterio.

En una semana, “LenguaDeAves” ya tenía varios cientos de seguidores. Y Andrei regresó: irritado, cansado, oliendo a perfume ajeno y a cerveza. Los “inversores” resultaron ser humo.

—Bueno, gallinita, ¿cómo te las arreglaste sin mí? —soltó, tirado en el sofá.

—Todo bien —respondió Sveta con calma, dejando ante él un plato de sopa. Notó cómo su mirada la recorrió con la habitual condescendencia. Ni siquiera vio que en los ojos de ella había aparecido una profundidad nueva, dura como el granito.

“LenguaDeAves” ganaba popularidad. Llegaron propuestas para vender prints, colaboraciones con blogs femeninos. Sveta tomaba decisiones en silencio, enviaba obras escaneadas a imprenta, recibía sus primeros —pequeños, pero suyos— ingresos. Los guardaba en una tarjeta aparte, secreta. La tarjeta de su libertad.

Una noche, mientras Andrei cenaba y, como siempre, hablaba de su nuevo plan genial que por fin los sacaría de “este agujero de ratón”, Sveta preguntó en voz baja:

—Andrei, ¿te acuerdas de que yo antes quería dibujar?

Él soltó una risita, partiendo pan.

—¿Dibujar? Eso no es serio. Tú eres una realista, gallinita. Soñar no hace daño, pero hay que comer algo más sustancioso que acuarelitas.

Ni la miró. No vio cómo sus labios se apretaron en una línea fina. No vio cómo en su mirada se encendía el mismo fuego que había puesto en la halcona.

—Por cierto —dijo él después, deslizando el dedo por el móvil—. Aquí una idiota dibujó un pájaro cualquiera y la gente se vuelve loca. Ojalá yo tuviera esa suerte: garabatear y sacar pasta. Y tú, gallina, ni huevos de oro puedes poner.

Sveta calló. Lavaba los platos y sabía que él acababa de darle “me gusta” a una publicación de “LenguaDeAves”. La ironía del destino era más dulce que la miel.

El punto de quiebre llegó dos meses después. Una de las publicaciones de “LenguaDeAves” —un dibujo de un búho poderoso que miraba desde arriba a una figurita humana diminuta y engreída, y la frase: “El búho es sabio porque calla. El hombre parece tonto porque habla”— se viralizó. Empezaron a llover propuestas, incluso de una editorial pequeña pero reconocida, especializada en art books.

Sveta respondía de noche, cuando Andrei dormía. Pactó un anticipo que triplicaba su última “nómina”. El dinero entró en su tarjeta secreta. Sostuvo el móvil, mirando las cifras, y sintió que por dentro le crecían alas. No alas de gallina. Alas de águila.

Había llegado la hora de la segunda etapa de su plan.

Encargó en la imprenta el dibujo más logrado, más fuerte: aquella halcona del primer folio. En gran formato, sobre un lienzo de calidad. El paquete llegó cuando Andrei no estaba en casa. Ella escondió el rollo en el armario.

El viernes, él volvió especialmente malhumorado. Otra aventura había fracasado.

—¡Ya está! —rugió, arrojando el maletín a un rincón—. ¡Estoy harto de esta vida! ¡No hay luz al final! ¡Solo inútiles a mi alrededor!

Sveta estaba junto a la mesa puesta para cenar. Se mantenía serena.

—¿Y si el problema no son los inútiles de alrededor? —dijo en voz baja.

Él se giró; los ojos se le estrecharon.

—¿Qué? ¿Qué has dicho, gallina?

La palabra sonó como el chasquido de un látigo. Pero esta vez no quemó: dio el último impulso necesario.

—He dicho —su voz sonó clara y fuerte, extraña para sus oídos— que, quizá, el problema no está en los demás. Quizá seas tú ese fracasado que arrastra a todo el mundo al fondo.

Andrei se quedó de piedra. Se le encendió la cara.

—¿Tú…? ¿Te has vuelto loca? ¿O te ha dado por ser descarada? ¡Yo aquí me dejo la espalda y ella…!

—Tú no te dejas la espalda —lo interrumpió. Él abrió la boca, sorprendido: nunca lo interrumpía—. Tú solo me doblas a mí. Veintitrés años. Pero ¿sabes qué, Andrei? Las gallinas, en realidad, son aves muy resistentes. Y listas. Y cuando las pisan una y otra vez, pueden convertirse en otra cosa.

Fue hasta el armario, sacó el rollo y lo desplegó ante él.

En el lienzo, la halcona miraba directamente a Andrei. Su mirada no era solo aguda: era total. Veía toda su pequeñez, su cobardía, su eterna justificación. Y en una esquina había una firma: no “LenguaDeAves”, sino su firma real, olvidada por todos, incluso por ella misma: “Svetlana Vorónova”. Y la fecha: la de hoy.

Andrei miraba el cuadro y luego a ella. Su mente, lenta y ensimismada, por fin empezó a encajar las piezas. Reconoció aquellos trazos —los mismos que, al principio, él llamaba “garabatos monos”—. Reconoció el estilo que ahora triunfaba en internet. Reconoció la firma.

—¿Esto… lo hiciste tú? —exhaló—. “LenguaDeAves”… ¿eres TÚ?

—Sí —dijo Sveta, simplemente—. Soy yo. Esa misma gallina que por fin puso su huevo de oro. Y ¿sabes qué? No es para ti.

Él siguió mirándola, abriendo y cerrando la boca sin sonido. Ira, incomprensión, resentimiento y una vergüenza ardiente luchaban en su rostro. Vergüenza, porque él, tan “listo”, no había notado nada. Porque su “gallina” le había dado la vuelta. Porque el mundo ya la aplaudía, y él todavía intentaba hundirla en el barro.

—¿Tú… te burlabas de mí? ¿En esos dibujitos tuyos? —ronqueó.

—No —respondió Sveta con honestidad—. Me estaba salvando. Y a ti… por fin te vi. Y dejé que otros también te vieran. Tal como eres.

Se dio la vuelta, tomó del respaldo de la silla su vieja bolsa, ya preparada.

—Me voy, Andrei. Los papeles del divorcio te los enviará mi abogada la semana que viene. No intentes buscarme ni recuperar nada. No tienes ni fuerzas ni cabeza para eso. Tu gallina se fue volando.

Caminó hacia la puerta. Él no se movía, clavado en el sitio por la mirada de la halcona pintada.

—¡Espera! —gritó de pronto, y en su voz, por primera vez en muchos años, no hubo maldad sino miedo animal. Miedo a quedarse solo. Miedo al vacío que él mismo había creado—. ¿Adónde vas? ¡Somos una familia! ¡Veintitrés años!

Sveta se detuvo en el umbral y se volvió. Miró a ese hombre, encorvado, de repente arrugado, despojado de todo su brillo fingido.

—Veintitrés años fui tu gallina —dijo muy quedo—. Ahora, vuela tú detrás de mí. Si puedes.

Salió y cerró la puerta sin dar un portazo. Afuera, la tarde era fresca. Alzó la vista al cielo, donde se encendían las primeras estrellas, y respiró hondo. El aire olía a libertad y a un camino hacia ninguna parte, más hermoso que cualquier lugar conocido.

Andrei se quedó en medio del salón, mirando la puerta y luego el cuadro. La halcona poderosa lo observaba desde el lienzo con una superioridad fría e indiferente. Y en sus ojos de piedra él leyó su sentencia. Se fue deslizando lentamente hasta el suelo, de rodillas, y dejó escapar un cacareo bajo —de miedo, de la súbita conciencia de que su burla se había vuelto contra él con una fuerza devastadora. Creyó haber encerrado a un ave en una jaula, y resultó que él era quien vivía en la jaula de su propia soberbia. Y ahora su carcelera había desplegado las alas y se había ido, dejándolo a solas con lo peor: consigo mismo.

En la calle, Svetlana Vorónova caminaba con paso rápido y seguro. En el bolsillo del abrigo llevaba las llaves de un pequeño piso alquilado, pagado con el primer dinero de “LenguaDeAves”, y un billete para el tren de la mañana a San Petersburgo, para reunirse con los editores. Sentía ligereza en todo el cuerpo. Ya no era una gallina. Era autora. Artista. Halcona. Y su vuelo apenas empezaba.

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