Las carcajadas empezaron incluso antes de que el muchacho alcanzara la línea de tiro.
El Campeonato Nacional de Tiro de Precisión estaba abarrotado.
Competidores respaldados por grandes marcas.
Periodistas.
Cámaras por todas partes.

Miles de espectadores ocupaban las gradas.
Y entonces apareció él.
Un adolescente delgado, vestido con una sudadera gris gastada y una vieja gorra descolorida.
Sin patrocinadores.
Sin uniforme oficial.
Sin equipamiento profesional.
Se dirigió directamente a la mesa de inscripción.
Algunos asistentes sacaron sus teléfonos y comenzaron a grabar.
El juez principal arqueó una ceja.
—¿Quién es ese chico?
El muchacho no respondió.
Se limitó a entregar un formulario cuidadosamente doblado.
El empleado lo examinó.
Su expresión cambió al instante.
—Está autorizado para competir.
Las conversaciones cesaron.
Todas las miradas se dirigieron hacia él.
Desde la zona de participantes, el campeón nacional, Javier Mendoza, esbozó una sonrisa.
Tres campeonatos consecutivos.
Decenas de patrocinadores.
Miles de admiradores.
—Esto va a ser entretenido.
Las risas volvieron a escucharse.
El joven avanzó hacia el área de revisión.
Tomó el rifle entre sus manos.
Lo inspeccionó apenas durante un par de segundos.
Y continuó caminando.
Sin mostrar nerviosismo.
Sin apresurarse.
Sin dedicar una sola mirada al público.
Había algo en su manera de moverse que impedía al árbitro veterano apartar la vista de él.
Parecía demasiado sereno.
Demasiado confiado.
El muchacho ocupó su posición en el puesto de tiro.
Las banderas ondeaban suavemente bajo la brisa.
Todo el recinto quedó en absoluto silencio.
Javier cruzó los brazos.
—Cinco disparos. Veamos cuánto tiempo aguanta.
Algunas personas volvieron a reír.
El joven acomodó el rifle.

Inspiró profundamente.
Y adoptó una postura impecable.
Tan impecable que el árbitro veterano dejó caer el bolígrafo que sostenía.
Porque ya había visto esa posición antes.
Muchos años atrás.
En una sola persona.
La cámara se acercó lentamente hacia él.
El chico alineó la mira con precisión.
El viento pareció desvanecerse.
Las risas se apagaron.
Todo desapareció.
Entonces…
¡BOOM!
El estruendo de un único disparo sacudió todo el campo de competición.
Y el árbitro se levantó bruscamente de su asiento.
Porque acababa de reconocer el tatuaje oculto bajo la manga del muchacho.
PARTE 2
El eco del disparo aún flotaba sobre el campo de competición cuando el árbitro veterano comenzó a avanzar.
Pero no se dirigía hacia el blanco.
Se encaminaba directamente hacia el muchacho.
La multitud observaba desconcertada.
Javier esbozó una sonrisa burlona.
—¿Qué ocurre? ¿Ahora revisan los tiros por compasión?
Algunos espectadores soltaron una carcajada.
Sin embargo, el árbitro no respondió.
Sus ojos permanecían clavados en el brazo del adolescente.
La manga de la sudadera se había desplazado apenas unos centímetros.
Los suficientes.
Los suficientes para dejar al descubierto un antiguo tatuaje.
El corazón del árbitro se aceleró de inmediato.
Porque reconocía aquel símbolo.
Lo había visto más de dos décadas atrás.
Solo una persona lo llevaba.
Mateo Salazar.
La gran leyenda del tiro deportivo.
El hombre que desapareció tras un extraño accidente.
El tirador que muchos consideraban el mejor que había existido jamás.
El árbitro se detuvo frente al joven.

—¿Quién eres?
El chico guardó silencio durante unos segundos.
Finalmente respondió:
—Me llamo Diego Salazar.
Un silencio sepulcral se apoderó del lugar.
El rostro del árbitro perdió todo color.
—¿Salazar?
El muchacho asintió lentamente.
—Era mi padre.
Entre el público comenzaron a escucharse murmullos.
Javier dejó de sonreír.
Por primera vez desde que había comenzado la competencia, parecía inquieto.
En ese instante, un técnico salió corriendo desde la zona de los blancos.
Respiraba con dificultad.
Estaba visiblemente alterado.
—¡Tienen que venir a ver esto ahora mismo!
Todas las miradas se dirigieron hacia las pantallas electrónicas.
Cuando las imágenes aparecieron, la multitud quedó petrificada.
Porque el disparo no había sido un fallo.
Ni siquiera se trataba de un simple impacto en el centro del blanco.
La bala había atravesado exactamente el mismo orificio dejado por un disparo realizado años atrás durante una exhibición histórica.
El disparo que convirtió a Mateo Salazar en una auténtica leyenda.
Un impacto sobre otro.
Con una precisión absolutamente milimétrica.
Como si el tiempo hubiese retrocedido.
Como si el padre hubiera vuelto a apretar el gatillo.
Las risas se extinguieron por completo.
Javier bajó lentamente los brazos.
Y el árbitro apenas logró susurrar:
—Es imposible…
Entonces, Diego levantó la mirada.
Fijó sus ojos en el campeón nacional.
Y declaró con absoluta serenidad:
—Ese solo fue el primer disparo.
—Aún me quedan cuatro.