El jefe de la mafia ordenó que arrojaran a una jaula con perros enfurecidos a la joven que se había atrevido a desafiarlo para que la despedazaran. Pero lo que aquellos perros hicieron dejó atónita a toda la multitud.

El jefe de la mafia ordenó que arrojaran a una jaula con perros enfurecidos a la joven que se había atrevido a desafiarlo para que la despedazaran. Pero lo que aquellos perros hicieron dejó atónita a toda la multitud.

Hacía mucho tiempo que el jefe de la mafia se había fijado en una muchacha de un barrio vecino, la hija de un humilde herrero que había pasado toda su vida trabajando junto al yunque, apenas logrando mantener a su familia. Sin embargo, ella parecía distinta a todos los demás.

Segura de sí misma, con la espalda recta y una mirada firme, jamás bajaba los ojos ante nadie, ni siquiera ante aquellos a quienes toda la ciudad temía.

Su belleza era tema de conversación en cada rincón, pero aún más comentado era su carácter. Decían que no existía suma de dinero capaz de convertirla en el juguete de nadie, y mucho menos en el suyo.

Al principio, el mafioso actuó como siempre lo hacía.

Le envió regalos costosos, joyas, telas exclusivas y ofertas de dinero que habrían podido cambiar la vida de toda su familia. El herrero guardó silencio, y la joven devolvió cada obsequio una y otra vez.

No gritó ni armó escándalos. Simplemente respondía con tranquilidad que ella no estaba en venta. Aquello lo enfureció más que cualquier ofensa.

Entonces decidió quebrarla de otra manera: mediante el miedo.

Una tarde, sus hombres la interceptaron en plena calle. Nadie intervino. La gente apartó la mirada y fingió que no estaba ocurriendo nada.

La llevaron fuera de la ciudad, hasta un lugar donde se alzaba un viejo recinto de hormigón. Allí mantenían encerrados a unos perros rodeados de historias aterradoras. Eran animales entrenados exclusivamente para la agresión.

Apenas los alimentaban, les daban únicamente carne cruda y conocían una sola orden: atacar y no detenerse.

El jefe observaba la escena desde unos metros de distancia, como si el desenlace ya estuviera decidido.

—O te conviertes en mía, o te arrojo ahí dentro —dijo con frialdad, señalando el cercado.

La joven estaba pálida y sus manos temblaban, pero su voz permaneció firme.

—Prefiero morir antes que vivir contigo.

Eso fue suficiente.

El mafioso hizo un leve gesto con la mano, casi imperceptible, y los hombres la empujaron hacia el interior. La pesada puerta se cerró a sus espaldas con un estruendo seco.

Para entonces, una multitud ya se había reunido alrededor. Algunos habían acudido por simple curiosidad, otros observaban con horror, pero nadie se marchó. Todos esperaban lo inevitable.

Al principio, los perros permanecieron a cierta distancia. Eran tres enormes animales que avanzaban lentamente con la cabeza baja. Sus cuerpos estaban tensos, los músculos se marcaban bajo la piel y la saliva caía de sus fauces.

La muchacha retrocedió un paso, pero enseguida chocó contra la fría pared de cemento. No tenía escapatoria.

Uno de los perros gruñó y, de repente, se lanzó hacia ella.

La multitud contuvo la respiración.

Y al segundo siguiente ocurrió algo tan inesperado que dejó a todos completamente paralizados por el asombro.

Pero, en el último instante, el perro se detuvo. El gruñido se transformó en algo diferente, algo imposible de comprender. Avanzó lentamente hacia la joven y… bajó la cabeza.

El segundo perro también se acercó. Dio una vuelta a su alrededor, la olfateó y, de manera inesperada, comenzó a gemir suavemente. El tercero simplemente se sentó frente a ella, sin apartar la mirada ni por un segundo.

La muchacha permaneció inmóvil, incapaz de entender lo que estaba ocurriendo. No gritó ni intentó escapar. Poco a poco, sus brazos descendieron a los costados de su cuerpo, y uno de los animales rozó con delicadeza su mano con el hocico.

Un extraño silencio se apoderó del recinto.

En cuestión de segundos, aquellos perros dejaron de parecer bestias dispuestas a despedazar a su presa. La rodearon, sí, pero no para atacarla.

Uno se tumbó a sus pies, otro permaneció de pie a su lado como un guardián, y el tercero observó fijamente a la multitud, como si el verdadero peligro estuviera fuera de la jaula.

Entre las personas que observaban detrás de la cerca comenzaron los murmullos. Algunos incluso retrocedieron unos pasos.

El jefe de la mafia frunció el ceño. Aquello no estaba sucediendo como él había planeado.

—¡Ataquen! —ordenó con voz cortante.

Sin embargo, los perros no reaccionaron.

Uno de ellos giró lentamente la cabeza hacia él y lanzó un profundo gruñido. No iba dirigido a la joven.

Iba dirigido a él.

La multitud quedó petrificada.

Y en ese instante, todos comprendieron una verdad inquietante: las verdaderas bestias de aquella historia no eran las que estaban encerradas tras los barrotes.

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