Me acosté con un desconocido el día de mi 62.º cumpleaños. A la mañana siguiente, me desperté sola y encontré un sobre en la mesita de noche. Lo que había dentro me hizo arrepentirme de aquella noche

Me acosté con un desconocido el día de mi 62.º cumpleaños y, cuando desperté sola a la mañana siguiente, descubrí un sobre en la mesita de noche. Lo que encontré dentro hizo que me arrepintiera profundamente de aquella noche.

Aquel día cumplía sesenta y dos años.

Me desperté temprano y lo primero que hice fue mirar el móvil, esperando encontrar mensajes de mis hijos, de algún familiar o, al menos, de mis viejos amigos.

Pero no había ninguna notificación.

Pasó una hora y después otra. Llegó la hora de comer y nadie se había acordado todavía de mi cumpleaños.

Mi hija estaba ocupada con su propia familia, mi hijo vivía en otra ciudad y, desde la muerte de mi marido, prácticamente había perdido el contacto con mis amistades.

Estaba sentada sola en la cocina, frente a una pequeña tarta que me había comprado el día anterior, cuando de repente comprendí que no quería pasar todo el día encerrada en casa.

Me puse mi vestido verde favorito, me arreglé el pelo, saqué unos pendientes que llevaban años guardados en mi joyero y salí hacia el centro de la ciudad.

Aunque solo fuera por una noche, deseaba volver a sentirme como una mujer cualquiera, no como una jubilada solitaria.

A poca distancia del centro encontré un pequeño bar y decidí entrar. Sonaba música suave, varias personas charlaban alrededor de las mesas y yo elegí un rincón tranquilo donde pedí una copa de vino tinto.

Fue entonces cuando lo vi.

Aparentaba unos cuarenta años. Vestía con elegancia y miró varias veces en mi dirección antes de acercarse inesperadamente.

—¿Puedo sentarme contigo?

Sonreí.

—Si no te importa compartir mesa con una mujer que perfectamente podría ser tu madre.

Él soltó una carcajada y se sentó frente a mí.

Se llamaba Daniel. Me contó que trabajaba como fotógrafo, que viajaba constantemente y que acababa de regresar el día anterior de un largo viaje. Estuvimos conversando durante casi dos horas.

Me hacía preguntas, escuchaba con interés mis anécdotas y repetía una y otra vez que no aparentaba la edad que tenía.

Quizá aquello era precisamente lo que tanto había echado de menos.

En algún momento de la conversación le confesé que era mi cumpleaños.

Daniel se mostró sorprendido, llamó al camarero y pidió un postre con una vela.

—No deberías terminar el día de tu cumpleaños sola —me dijo.

Cuando salimos del bar, estuvimos paseando largo rato por la ciudad. Finalmente, se ofreció a acompañarme al hotel donde había decidido pasar la noche para evitar regresar tan tarde a casa.

Lo que sucedió después era algo que no pensaba contarle a nadie.

Por primera vez en muchos años, me permití olvidar mi edad, mis hijos, mis vecinos y lo que los demás pudieran pensar de mí.

Sin embargo, todo cambió a la mañana siguiente.

Me despertaron los intensos rayos del sol y, casi por instinto, me giré hacia el otro lado de la cama.

Daniel había desaparecido.

Al principio pensé que habría salido a comprar café, pero enseguida comprobé que tampoco quedaba rastro de su ropa.

Entonces descubrí un sobre blanco sobre la mesita de noche.

Cuando lo abrí y vi lo que aquel hombre al que acababa de conocer había dejado dentro, me arrepentí profundamente de aquella noche.

En su interior había una fotografía.

Era una imagen mía.

Aparecía dormida en la cama y resultaba evidente que alguien me había fotografiado durante la noche sin que yo me diera cuenta.

Las manos empezaron a temblarme.

En el reverso, alguien había escrito:

«Gracias por una velada maravillosa. Perdóname por lo que hice después. Pronto lo entenderás todo».

Leí aquellas palabras varias veces y agarré inmediatamente el móvil.

Daniel no respondió a mi llamada.

Entonces revisé mi bolso y comprobé que la cartera seguía allí. Tanto el dinero en efectivo como las tarjetas bancarias estaban intactos.

Empezaba a convencerme de que simplemente me había asustado sin motivo cuando descubrí algo extraño.

Había desaparecido una pequeña llave que guardaba en un bolsillo interior.

Era la llave de la caja fuerte de mi apartamento.

Nunca le había hablado a nadie de aquella caja fuerte, salvo a mis hijos. Allí guardaba las joyas de mi madre, las escrituras de mi vivienda y el dinero en efectivo que llevaba años ahorrando.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

Pero ¿cómo podía saber Daniel que yo tenía una caja fuerte?

Pedí un taxi inmediatamente y regresé a casa lo más deprisa posible.

Al llegar a mi planta, comprobé que la puerta del apartamento estaba cerrada. La cerradura no mostraba señales de haber sido forzada.

Abrí la puerta y corrí directamente al dormitorio.

La caja fuerte estaba completamente vacía.

Habían desaparecido el dinero, las joyas y varios documentos importantes.

Estaba a punto de llamar a la policía cuando descubrí otra fotografía encima de la mesa.

Esta vez, quien aparecía en la imagen era Daniel.

Pero a su lado había alguien a quien conocía perfectamente.

Mi propio hijo.

La fotografía se había tomado varias semanas antes.

En el reverso aparecían una dirección, una hora y una frase escrita a mano:

«Tu hijo lo organizó todo».

Me quedé mirando aquellas palabras, incapaz de creer lo que estaba leyendo.

Lo más aterrador no era siquiera que un desconocido se hubiera aprovechado de mi soledad para robarme.

Mucho peor era comprender que probablemente nuestro encuentro en el bar no había sido ninguna casualidad.

Daniel ya sabía quién era yo antes de acercarse a mi mesa.

Y eso significaba que alguien muy cercano a mí lo había ayudado a preparar toda aquella trampa.

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